Trastorno de pánico

M. es un hombre, de 45 años. Tiene una familia propia estructurada, de la que recibe apoyo, cuidado y comprensión; tiene un trabajo que le gusta y un grupo de amigos con los que disfruta las tardes de los sábados.

Bebe una taza de café al día, y alcohol, de forma responsable, en eventos sociales; no fuma ni consume tóxicos. Le disgustan los parques temáticos y la velocidad. No le agradan las alturas, pero no diría que sufre de acrofobia o de un vértigo incapacitante. 

Hace dos años, sufrió lo que él define como una “crisis de ansiedad”, como consecuencia de una situación sumamente estresante. Desde entonces, varias áreas de su vida se han visto afectadas por los síntomas que manifiesta. Por ese motivo, decide comenzar un acompañamiento psicológico. 

M. padece lo que se conoce como trastorno de pánico. Es un trastorno de ansiedad, caracterizado por la aparición súbita de un miedo intenso o malestar significativo que alcanza su máxima expresión en minutos, en forma de ataques imprevistos recurrentes.

Durante los mismos, aparecen algunos de los siguientes síntomas, según el manual diagnóstico DSM-5:

  • Palpitaciones, golpeteo del corazón o aceleración de la frecuencia cardíaca.
  • Sudoración.
  • Temblor o sacudidas.
  • Sensación de ahogo.
  • Dolor o molestias en el tórax.
  • Náuseas o malestar abdominal.
  • Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo.
  • Escalofríos o sensación de calor.
  • Sensación de entumecimiento u hormigueo (parestesias).
  • Desrealización (sensación de irrealidad) o despersonalización (sensación de separarse de uno mismo).
  • Miedo a perder el control o de “volverse loco”.
  • Miedo a morir.

En los pacientes que sufren este trastorno, después de haber sufrido un ataque de pánico, pueden darse los siguientes escenarios:

  1. Inquietud o preocupación continua acerca de otros ataques de pánico o de sus consecuencias, como el miedo a morir o a volverse loco.
  2. Un cambio significativo en el comportamiento, relacionado con los ataques, como la constante evitación de sensaciones fisiológicas que recuerden a lo experimentado durante la crisis.

La frecuencia y la gravedad de los ataques de pánico varían ampliamente. Sin embargo, tienen en común la preocupación por las implicaciones que estos puedan tener sobre sus vidas, que, habitualmente, se asocia con el desarrollo de comportamientos de evitación, que pueden reunir los criterios de agorafobia.

¿Te gustaría saber en qué consiste la agorafobia? Pincha AQUÍ para leer nuestro artículo sobre este tema, en el que explicamos cómo han aumentado los casos de pacientes que sufren este trastorno desde el comienzo de la pandemia provocada por la COVID-19.

El trastorno de pánico, a menudo, se observa acompañado de otras patologías, además de la agorafobia, como trastornos del estado de ánimo (depresión mayor, distimia), trastorno obsesivo compulsivo (TOC), consumo de sustancias, etc.

La prevalencia estimada está en un 2-3% en población general, apareciendo con más frecuencia en mujeres que en hombres.

¿CUÁLES SON LAS PRINCIPALES LÍNEAS DE INTERVENCIÓN?

Según las guías de tratamientos eficaces, las terapias que han obtenido mejores resultados son: En primer lugar, la psicológica, a través de la técnica de exposición con prevención de respuesta en vivo; y, en segundo lugar, la farmacológica, a través del uso de inhibidores específicos de la recaptación de serotonina (ISRS), como fluoxetina o sertralina, y ansiolíticos, como las benzodiacepinas. 

Debido a la baja tasa de recuperación autónoma y espontánea – en la que el individuo, por sí solo, sería capaz de gestionar y modular los pensamientos, emociones y conductas de las que hemos hablado – es importante buscar ayuda de un profesional, con el fin de progresar y vivir de forma saludable.

Si te has sentido identificado/a con este artículo y quieres dar el paso de iniciar una terapia psicológica, puedes contactar con nosotros. Estaremos encantados de acompañarte en tu proceso.

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