Los 5 grandes rasgos de la personalidad humana

Desde hace más de un siglo, la psicología ha respondido a preguntas trascendentales respecto a nuestra personalidad:

¿La personalidad que tenemos, es de nacimiento o, por el contrario, la adquirimos de nuestro entorno? ¿Qué es lo que realmente influye en que seamos de una manera u otra? ¿Podemos modificar nuestra personalidad?

Estas, y muchas otras preguntas, han sido uno de los rompecabezas más complejos de resolver para la psicología desde sus inicios.

¿Qué nos hace ser como somos?

Vayamos por partes: ya desde las civilizaciones griega y romana, se clasificaba la personalidad en función del equilibrio, o desequilibrio, de los fluidos corporales en la persona (Teoría de los cuatro humores); según esto, por la presencia mayoritaria de bilis amarilla, bilis negra flema o sangre, se podía conocer el carácter de una persona. 

Por no remontarnos tan atrás en el tiempo, tendremos en cuenta el estudio que hizo la psicología durante los dos últimos siglos.  Cuando se empezó a estudiar este tema desde la perspectiva de la psicología, alrededor de finales del siglo XIX, predominaban los modelos médicos y biológicos y se creía que la personalidad era innata; por tanto, los rasgos que definían a una persona, se debían a su herencia genética. 

Entre los años 40 y 60, se llegó a la conclusión de que los factores biológicos no bastaban para explicar la personalidad de un ser humano, y la perspectiva viró al polo opuesto, postulando que la personalidad se debe exclusivamente a la influencia del entorno (familia, amigos, vivencias personales, etc.).

Por último, de estas dos perspectivas extremas nació una postura intermedia de mano del psicólogo Walter Mischel, en 1975, que se denominó interaccionismo

El interaccionismo es la perspectiva mayoritariamente aceptada hoy en día y lo que propone es que, nuestra personalidad tiene dos componentes: el temperamento y el carácter. El temperamento es la parte genética de nuestra personalidad, lo que traemos de base; el carácter, hace referencia al aprendizaje que hacemos a base de interactuar con nuestro entorno, y sobre todo, a base de interactuar con otras personas.

Siguiendo un ejemplo arquitectónico, nuestro temperamento serían los cimientos de una construcción, que una vez fijados, no se mueven; el carácter sería la forma en la que se distribuye el interior, que puede variar a lo largo del tiempo. Lo normal es que, nuestra personalidad sea maleable hasta el final de la adolescencia, a partir de ahí, lo normal es que vaya modificándose cada vez menos.

La personalidad es el resultado de la suma de dos componentes: uno es innato (temperamento), el otro es aprendido (carácter). Esto hace que cada persona, incluso los gemelos, sea única.

¿Se puede medir la personalidad?

Otro de los grandes retos para la psicología ha sido la clasificación de los tipos de personalidad que existen. Hay varios modelos y teorías al respecto; sin embargo, en este artículo nos vamos a centrar en uno de los modelos más relevantes que hay: el Modelo de los 5 Grandes (Big Five).

El Modelo de los 5 Grandes se ha desarrollado a lo largo de muchos años y varios psicólogos e investigadores han influido en su desarrollo. Este defiende que la gran mayoría de las personalidades se pueden clasificar en función de 5 rasgos: apertura a la experiencia, amabilidad, conciencia, extraversión y neuroticismo.

  • Apertura a la experiencia: esta característica define a aquellos/as con una imaginación viva; son creativos y tienen una alta sensibilidad para el arte y la belleza. Prefieren aquellas ideas o experiencias novedosas, a aquellas más tradicionales. El polo contrario, serían personas más cercanas a aquello que es tradicional o familiar, con poca predisposición a los cambios; por decirlo de alguna forma, con los pies en la tierra.
  • Responsabilidad: este factor hace referencia a la responsabilidad, a la planificación y organización de tareas, y al control de los impulsos. Estas personas tienden a relacionarse con el éxito profesional; sin embargo, una puntuación muy alta en esta característica también tiene consecuencias negativas, como: el perfeccionismo, la compulsividad o la necesidad excesiva de logro.
  • Extraversión/Introversión: hace referencia, en términos generales, a la sociabilidad de una persona. Las personas extrovertidas disfrutan del contacto social y se les percibe como llenos de entusiasmo y energía. Por el contrario, las personas introvertidas, que en ocasiones son erróneamente asociadas a personas asociales, son más reservadas, tranquilas e independientes.
  • Amabilidad: representa a aquellas personas que son confiadas con otras personas, humildes, o que actúan de forma altruista. En las puntuaciones bajas en este rasgo, encontraríamos una faceta egoísta y competitiva, con tendencia a generar relaciones de hostilidad.
  • Neuroticismo: esta faceta hace referencia a la estabilidad emocional. Las personas con alta puntuación en esta dimensión, son más propensas a sentimientos de ansiedad o tristeza y a sobredimensionar lo negativo, lo que hace que una situación estresante tenga mucho más impacto en ellas que en las demás personas. Por el contrario, las personas con baja puntuación en esta dimensión son relajados, no emocionales, seguros, resilientes y/o con alta autoestima.

Algo importante a destacar, una vez explicados los cinco grandes rasgos, es que el único rasgo que se considera negativo es el Neuroticismo (y de hecho, se relaciona directamente con algunos trastornos). Los demás rasgos son considerados neutros y, tanto un polo como el otro, pueden ser perjudiciales para uno mismo o para las personas de su alrededor.

Por ejemplo, podríamos pensar que tener una puntuación máxima en amabilidad puede ser positivo; sin embargo, las personas extremadamente amables, pueden anteponer las necesidades de los demás a las suyas propias, hasta el límite de ser perjudicial para sí mismas (a mucha gente le sonara la frase: “de bueno es tonto”). 

Como diría Aristóteles: “Aurea mediocritas” (En el punto medio está la virtud).

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