La Psicología del Bailarín

“Porque me he entrenado y me estoy entrenando siempre para poder bailar ligeramente al servicio del pensamiento”

-Søren Kierkegaard

La danza siempre ha tenido un papel fundamental en la cultura a lo largo de la historia; ha permitido al ser humano liberarse y expresar su tragedia: la muerte, la vejez, la fertilidad, el amor… Y como espectadores, nos evoca emociones, nos hace reflexionar y nos permite conectar con realidades ajenas.

Sin embargo, el trabajo de los bailarines está muy invisibilizado, y de hecho, en muchas ocasiones ni siquiera se considera algo serio. Por ello, este artículo tiene dos objetivos: el primero es visibilizar el trabajo duro y los retos que implica elegir una profesión de este tipo; el segundo, recomendar unas pautas específicas dirigidas a este gremio para obtener un óptimo bienestar psicológico.

Los bailarines profesionales son grandes desconocidos, no sólo para la sociedad, sino para las instituciones que deben protegerlos. Se destinan tan pocos recursos a la cultura en este país, que conseguir ayudas y subvenciones siendo bailarín es prácticamente imposible. Además, el mundo de la danza es altamente competitivo y muy susceptible al intrusismo laboral: existe una línea muy delgada entre lo profesional y lo amateur, y no existe un estatuto propio.

Otro gran problema, es que son carreras profesionales que terminan muy pronto y sin opción a jubilación. Muchos bailarines se ven obligados a prepararse en una segunda profesión, lo cual es complicado, ya que la danza exige un grado de dedicación muy alto. La danza no sólo es un arte: requiere tanta capacidad atlética como la de un deportista profesional, y por ello, existen los mismos riesgos de lesiones.

Tras mencionar las dificultades de este gremio a nivel social, desde la ciencia del comportamiento se vuelve muy interesante estudiar sus necesidades psicológicas específicas, y es que cada vez se reconocen más las funciones del psicólogo en el ámbito audiovisual y escénico.

Para empezar, un bailarín necesita habilidades en gestión de pensamiento, emoción y conducta. Este colectivo, por lo general, concede mayor atención a la formación corporal por encima de las demás dimensiones de la persona, pero, lo cierto es que ser bailarín requiere un compromiso continuo, un desarrollo y un trabajo profundo a nivel corporal, emocional y mental. Además, a la vez que se trabaja todo esto, se ha de atender también a la relación con su espectador, algo mucho más abstracto de lo que parece.

Hemos resumido los aspectos más importantes a los que se deben hacer frente en el ámbito psicológico, en los siguientes apartados:

Autoestima: 

Entender el funcionamiento de la autoestima es crucial para una persona que se dedica a la danza. Muchos bailarines dejan la formación por una percepción errónea de sus cualidades, ya que la exposición constante requiere un grado muy alto de aceptación personal.

En un entorno en el que se exige prácticamente la perfección, cometer errores se vuelve algo tremendamente aversivo, por lo que aceptarse se vuelve una tarea bastante complicada. Por eso, es muy recomendable cultivar la tolerancia a la frustración, aceptar los errores como parte del proceso y autoevaluarse con estándares más flexibles.

Este trabajo es mucho más relevante de lo que parece; el mundo de la danza presenta una prevalencia muy alta de trastornos de la conducta alimentaria, cuyo caldo de cultivo son el perfeccionismo, la insatisfacción corporal, una elevada autoexigencia y la inseguridad. 

Autoconocimiento:

El autoconocimiento es una faceta que, a un bailarín, le conviene tener muy desarrollada. Esta habilidad favorece la auto-observación y el desarrollo del registro propio. Conocer las propias características como intérpretes y saber integrarlas con las circunstancias personales, favorece la gestión emocional y, de esta manera, se evitarán frustraciones innecesarias y cuadros de ansiedad. 

Motivación:

Es muy difícil mantenerse estable, con ilusión y entusiasmo hacia las metas. Habrá rachas en las que determinados estados emocionales serán un obstáculo entre el bailarín y su formación y trayectoria; por ello, es imprescindible trabajar la motivación y aprender a organizarse por objetivos.

Estar motivado implica estar predispuesto y dirigido hacia un fin; supone un impulso que encamina a realizar las acciones necesarias para culminar un proyecto.

Para mejorar el rendimiento, incluso en rachas en las que se está menos motivado, es recomendable reconocer éxitos propios – por pequeños que se consideren-, mantener entrenamientos regulares, relacionar la danza con momentos de disfrute y, como hemos dicho, organizarse por objetivos. Éstos han de ser realistas, concretos y dinámicos. Por ejemplo, tras una actuación de la que no se está muy orgulloso, ponerse como objetivo bailar mejor no es realista, concreto, ni dinámico.

Para empezar, debemos saber diferenciar los objetivos a largo plazo (sueños, hasta dónde se quiere llegar…) de los objetivos por temporada (todo lo que uno se compromete a trabajar en un periodo limitado de tiempo); también, esforzarnos por concretar estos objetivos (objetivos técnicos, objetivos escénicos, estilos de vida…).

Una forma muy útil de reducir la frustración en este trabajo es dividir cada objetivo en micro-objetivos, poniendo de relieve el carácter dinámico de los mismos: cuando se van cumpliendo, los objetivos finales pueden ir cambiando de forma y exigencia. 

Concentración:

La capacidad de mantenerse focalizado en algo durante un tiempo concreto, se conoce como concentración. Ésta se necesita para actuar, crear y entrenar. Cuando bailamos podemos alcanzar estados de concentración, confluyendo la atención hacia fuera (compañeros, espacio, imágenes, sonido…) y hacia dentro (pensamientos, emociones, sensaciones…).

Los ejercicios de escucha activa hacia eventos externos e internos, previos a cualquier entrenamiento o actuación, favorecen una concentración adecuada hacia los estímulos relevantes. Los estímulos irrelevantes serían los pensamientos negativos o, en una actuación, primar la técnica sobre la expresión. 

Conciencia: 

Es importante acercarse al presente, percibir cómo estamos, dónde estamos, nuestra relación con el entorno y nuestros compañeros. La improvisación es una buena forma de despertar la conciencia: estilos como el contact-improvisation y las danzas urbanas (a través del free-style) desarrollan habilidades en este sentido.

Los ejercicios de respiración y meditación son mecanismos en los que es muy fructuoso entrenarse, ya que favorecen el despertar de los sentidos en los entrenamientos previos a una actuación, y ayudan a generar espacios para la creación. 

La actitud escénica:

Son muchas las emociones que se tienen que gestionar antes de un momento tan decisivo, como el de subirse a un escenario. La presión, el cansancio, la ansiedad, las distracciones o la falta de confianza pueden echar a perder el duro trabajo de mucho tiempo de dedicación. Además, la presencia escénica requiere otro nivel de concentración, otra frecuencia y otro estado energético.

En estos momentos, quien tiene encima la presión de tener que ejecutar una actuación a la altura de sus expectativas y de las de sus espectadores, necesita un conocimiento profundo del funcionamiento de la ansiedad.

Esto, en psicología, se llama psicoeducación en ansiedad, que implica la adquisición de recursos para gestionarla y ser capaz de mantenerla en unos niveles tolerables. 

Danzar es sentir, sentir es sufrir, sufrir es amar; Usted ama, sufre y siente. ¡Usted danza! 

Isadora Duncan.

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