La evitación: ¿Salvación o condena?

La evitación es una de las principales herramientas que tenemos para protegernos de los ataques del entorno; sin embargo, también puede convertirse en una de nuestras principales fuentes de malestar psicológico.

Este artículo, pretende ser una recopilación de conclusiones extraídas de mis dos anteriores artículos, en los cuales hicimos un recorrido por la comprensión de la naturaleza humana, así como un intento de dar respuesta a temas tan complejos y subjetivos como la autodefensa, el bien vs. el mal, y la libertad. 

Desde fases muy tempranas de nuestra infancia, empezamos a comprender que las condiciones naturales, a veces pueden ser destructivas; comprendemos que pueden ocurrir eventos que tienen el potencial de hacernos daño a nosotros, o a nuestros seres queridos. Es en este momento en el que empezamos a desarrollar conductas evitativas.

Las conductas evitativas no son más que la acción de nuestro psiquismo haciendo un gran esfuerzo, ya sea consciente o inconsciente, para que no nos enfrentemos a un estímulo que nos desagrada, asusta o vulnera.

Estas conductas son, en principio, sanas, adaptativas, inteligentes y lógicas. Pongamos un ejemplo: imagina que todas las mañanas haces un recorrido para ir a la escuela o al trabajo, en el cual pasas por una estación de tren. Pongamos que esa mañana hay un aviso real en las noticias de que existe una amenaza terrorista en la estación por la cual tienes que pasar. ¿Irías de todas formas? Lo mas probable, lógicamente, es que te quedases en tu casa, o buscases una ruta alternativa. 

Lamentablemente, esta capacidad de autoprotección, tiene un coste. La evitación acarrea unos determinados niveles de ansiedad. Es probable que muchas de las personas que evitaron esa ruta peligrosa sientan un cierto grado de ansiedad cada vez que vuelvan a pasar por allí, a pesar de que la amenaza haya desaparecido. 

Desde el enfoque cognitivo-conductual, en el tratamiento de fobias, una de las intervenciones principales es acabar con las conductas evitativas, ya que son precisamente las que provocan que estos ciclos de malestar se mantengan y crezcan con el tiempo. 

Nuestra ansiedad irá creciendo si la única respuesta que somos capaces de dar frente a estas circunstancias es la evitación. ¿Por qué ocurre esto?

Esto se produce porque todos sabemos, ya sea de manera más o menos consciente, que no es posible escapar o huir de todos los peligros que se nos van a presentar en la vida. No tenemos la total capacidad para controlarlo todo, no enfermar, no morir, no ser agredidos, no fracasar, no ser rechazados socialmente, etc.

Por mucho que evitemos, no podemos huir con total garantía de todo esto, y de manera paralela a nuestros intentos por evitar, crece nuestro miedo a no lograr escapar la próxima vez que estemos en peligro.

Desde la psicología llamamos a este fenómeno la Angustia por Evitación

Asentando el tema del bien y del mal

Si hacemos un pequeño ejercicio de profundización, no tardaremos en darnos cuenta de que detrás de las tendencias a la exposición o evitación frente las situaciones desconocidas de la vida, hay una relevante conexión con la concepción de la persona acerca del bien y del mal. Si concibes el mundo como un lugar peligroso, es probable que desarrolles una mayor tendencia a protegerte de él y a evitar exponerte a los peligros. 

En el artículo del bien y del mal, llegamos a la conclusión de que el ser humano, en condiciones de libertad, no es ni intrínsecamente malo, ni bueno: somos un organismo que no tiene un código cerrado al 100%, y por lo tanto, habrá de ajustarse a unas circunstancias y sujetos constantemente cambiantes. 

Ese es el poder de nuestra actividad consciente, y al mismo tiempo, esta libertad también refleja nuestra incapacidad para controlar el ambiente, lo que nos deja a expensas de acontecimientos para los cuales no tenemos información.

Esta incertidumbre acerca de si debemos exponernos o no exponernos ante una situación difícil, es de lo que se alimentan la ansiedad, la culpa, y también el sentimiento de falta de valía. 

Entonces, ¿me expongo, o no me expongo?

Existen diversas aproximaciones filosóficas a esta pregunta.

La primera es La Resignación. No puedes hacer nada para evitar los golpes: deja que vengan, asúmelos y sigue adelante. De este modo no cosecharás angustia, pero es probable que desarrolles un profundo sentimiento de falta de valía.

La segunda es El Estoicismo. No busques el placer, vive moderadamente, no coseches expectativas por nada: no te llevarás decepciones. No esperes que la vida te dé nada, y es probable que vivas sin miedo, puesto que tampoco tendrás mucho que perder.

La tercera sería El Hedonismo. Es probable que la vida te vaya a dar grandes golpes, por lo que, disfruta todo lo que puedas hasta que ese momento llegue; no tiene sentido que pierdas el tiempo lamentándote de lo que no puedes controlar. Disfruta.

Por último, desde la psicología proponemos una aproximación intermedia: El Afrontamiento. No es una postura sencilla, requiere introspección y perseverancia:

Sólo vamos a poder desarrollarnos o crecer, si afrontamos las cosas con sentido, equilibrio, sabiduría, fortaleza y asertividad. Debemos aprender a afrontar un porcentaje significativo de las dificultades que se nos presentan. Nuestro psiquismo necesita percibir que existen más herramientas que la evitación para no cosechar angustia, y al mismo tiempo, sentir que puede protegerse de algunos golpes, por lo que la clave la encontramos en que cada individuo aprenda a luchar por las causas que realmente valgan la pena, y se permita asumir que no podrá afrontarlo todo y que, unas veces se llevará golpes, y otras veces, saldrá victorioso.

Esto es un ejercicio activo de decisión, que implica hacer una revisión acerca de lo que se ha vivido a lo largo de la vida, y tomar conciencia de qué es importante, y qué, no.

Es aquí donde irrumpe con una gran relevancia el sistema de valores de cada individuo. Cada persona tiene, en pro de su salud psicológica, el deber de posicionarse. Necesitamos un código ético. El sentido de la ética no es un adorno en nuestro psiquismo. Es muy difícil sentirnos bien con nosotros mismos sin tener un mínimo código ético. Lo vamos a tener que utilizar para tomar decisiones muy complicadas. 

La cuestión de qué valores son mejores o peores es otra discusión: lo esencial es que cada individuo haga su propio ejercicio de búsqueda, para encontrar su propio código de valores. 

Reflexiona acerca de tu historia, tus experiencias, tus creencias; párate a analizar o construir tu propio código de valores. Encontrarás estructura en tus decisiones, te alejarás de una biografía inestable, hueca, multivariable, y podrás cosechar un psiquismo sano.

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