EL EFECTO LUCIFER

Philip Zimbardo acuñó el término “Efecto Lucifer” para designar al conjunto de circunstancias psico-sociales que influyen en que una persona cometa actos violentos y deshumanice a los demás.

Y de aquí, surge la pregunta: ¿Qué hace a la gente actuar con maldad?

Personas que actúan de forma bondadosa en unas circunstancias, podrían no hacerlo de la misma forma en otras. Cuando nos encontramos en un entorno nuevo y nuestros patrones de respuesta habituales no funcionan, nuestra personalidad y moralidad se disocian, en cierta forma.

Al sentirnos pertenecientes a un grupo, por ejemplo, se ponen en marcha una serie de dinámicas que pueden provocar que actuemos de formas que nunca habríamos podido predecir. Afortunadamente, ser conocedor de estos procesos, brinda la posibilidad de romper estas dinámicas, de entrenar la autoconciencia y, de aumentar el pensamiento crítico frente a la pasividad ante las normas.

El sociólogo Zimbardo realizó un experimento en el que un grupo de estudiantes voluntarios estuvieron encerrados durante quince días en una prisión: la mitad de ellos asumieron el rol de presos y la otra mitad, el rol de carceleros (la asignación de roles fue aleatoria).

A los seis días, se vieron obligados a cancelar el experimento, porque la situación ya había perdido el control. En esos seis días se dieron situaciones muy similares a las que se dan en entornos reales de extrema violencia (cárceles de prisioneros de guerra, campos de concentración, etc.). El investigador identificó las siguientes dinámicas como claves en esta conversión:

Desindividuación

Se ha descrito la desindividuación como un estado psicológico de disminución de la autoevaluación que causa conductas antinormativas y deshinibidas. Cuando el individuo cae en el anonimato, se sumerge en el grupo y se hace indistinguible de su ambiente más inmediato; en consecuencia, su conducta cambia.

Se ha comprobado que cuanto más numeroso es un grupo y mayor anonimato brindan las circunstancias, mayor es también la probabilidad de que los miembros pierdan la conciencia de sí mismos. Además, la desindividuación potencia la victimización, que es la creencia de que una persona (externa al grupo), es víctima porque se lo merece.

Es importante recalcar que la desindividuación no solo aumenta las conductas negativas, ya que si al grupo se le proporcionan estímulos altruistas, el individuo se identificará con estos ideales y actuará en consecuencia. Sin embargo, esto también puede ser peligroso, ya que se convierte en un arma manipulativa en muchos grupos sectarios.

Algunos autores han propuesto que la autoconsciencia es lo contrario a la desindividuación. Quienes son más conscientes de sí mismos tienden a ser más reflexivos y menos vulnerables a aceptar lo que va en contra de sus valores. Así, las circunstancias que disminuyen la consciencia del sí mismo (como el alcohol), aumentan, a su vez, la desindividuación.

Por último,en esta dinámica también es muy relevante el concepto de identidad. La desindividuación no supone una pérdida de la misma, sino la asunción, como propia, de una identidad social compartida por el grupo; así, los miembros buscan las normas estereotípicas que definen esta identidad y adaptan su conducta. La identificación social es necesaria para la influencia social, y en este contexto, disminuye el interés por las diferencias individuales, y se presta más atención a la autocategorización como miembro del grupo.

Difusión de la responsabilidad personal

Cuando todos son responsables, nadie lo es. Cuando un individuo humilla, mutila o mata a otros, por comportarse acorde a un rol, por obediencia o por cumplir con los objetivos del grupo, tiende a utilizar mecanismos cognitivos de desconexión moral para reducir la culpabilidad: “solo seguía órdenes”, “todos hicieron lo mismo”, etc.

Cuando las acciones no se sienten como propias, sino como grupales, es menos probable que se asuma la responsabilidad de los hechos, dejando que se desplace a miembros de mayor estatus. En palabras de Zimbardo, “dar poder a un grupo y no supervisarlo, es un abuso anunciado”.

Obediencia ciega a la autoridad

La obediencia es un tipo de influencia social por la cual un individuo modifica su comportamiento a fin de someterse a las órdenes de una autoridad legítima. Milgram, tras sus famosos estudios (1963/1974), concretó una serie de circunstancias que acentúan el poder de este tipo de influencia: 

-La obediencia disminuye cuando la víctima es más cercana al sujeto y se da más obediencia cuando la autoridad está presente.

-Se produce obediencia tanto para infligir daño como para no hacerlo.

– Ante dos fuentes de autoridad que se contradicen, la obediencia es prácticamente nula.

– La rebeldía de otros sujetos del mismo estatus, disminuye la obediencia; mientras que la presencia de un igual obediente, la incrementa.

– La obediencia a una orden de infligir daño a otro, tiende a disminuir a medida que los sujetos se sienten responsables del sufrimiento de las víctimas.

– La obediencia a las órdenes de una autoridad destinadas a infligir daño se ha confirmado de forma general en diferentes países y culturas.

Conformidad pasiva con la norma de grupo

¿Por qué nos conformamos? Para responder a esta pregunta, primero, debemos tener claro que todos tenemos creencias sobre el mundo que nos ayudan a tomar decisiones sobre cómo actuar. Necesitamos métodos concretos para verificar si nuestras creencias son válidas o no, pero no contamos con medios objetivos para hacerlo. Ante la ausencia de criterios, nos comparamos con los demás; y al aceptar el criterio de verdad que estos representan, nos conformamos.

Por lo general, en los grupos, las personas valoran la uniformidad. Por ello, se trabaja para mantenerla. La presión por mantener la uniformidad, aumenta cuando la situación es novedosa o ambigua.

Indiferencia ante la violencia

Estar expuesto a eventos violentos de forma rutinaria, distanciarse de las víctimas y deshumanizarlas, puede desembocar en un estado de anestesia e indiferencia que merma cualquier capacidad de autocrítica, aumentando la pasividad y la negligencia.

En palabras de Alexander Solzhenitsyn, la línea que separa el bien y el mal, corta el corazón de todos los seres humanos. Debemos entender esta línea como una decisión personal. Si somos reflexivos, críticos y conscientes de cuáles son nuestros valores, seremos menos vulnerables a los procesos psicosociales que influyen en el comportamiento violento o abusivo.

El heroísmo es el antídoto contra la maldad y está en lo cotidiano. Para ser héroes, debemos ser capaces de salirnos de la norma. Cuando somos testigos de una injusticia, tenemos dos opciones; podemos ser culpables por pasividad, o podemos desobedecer y actuar. 

Estos estudios sobre comportamiento social, ponen de manifiesto la importancia de dedicar tiempo a nuestro conocimiento y a la introspección. Debemos ser conscientes de cómo de vulnerables somos ante la amenaza de rechazo, si necesitamos agradar a nuestro entorno de forma desmedida, qué miedos tenemos…

Pero sobre todo hemos de preguntarnos: ¿Cuáles son nuestros valores? ¿Qué tipo de personas queremos ser? ¿Cómo podemos entrenar la autocrítica de forma constructiva?

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1 comentario en «EL EFECTO LUCIFER»

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