Autodefensa, Bien, Mal y libertad

Acerca de la autodefensa

Es probable que, a lo largo de vuestra vida, hayáis experimentado miedo. Es probable que, a lo largo de vuestra vida, os hayáis sentido cobardes porque no os comportasteis cómo os hubiera gustado. Es probable también que, hayáis sentido rabia hacia personas que os han agredido, u os han hecho pasar por situaciones especialmente dolorosas o desagradables.

No sería raro que, en más de una ocasión, os hayáis sentido estúpidos o tontos por ayudar a personas que os demostraron que no lo merecían, y os han hecho sentir profundamente decepcionados. Pensadlo por un momento, dedicadle unos segundos, y seguro que podéis sentir algo a través de estas palabras. 

Supongo, también, que a ninguno de vosotros os gustaría llegar al final de vuestros días envenenados por el poso de alguna de estas sensaciones – o de todas ellas. Que después de haber recorrido un montón de años, la sensación de la vida esté impregnada de culpa, de sentimiento de cobardía, de rabia, de decepción, de sentimiento de estupidez… Y afrontar lo que te queda de vida, conviviendo con estos sentimientos.

La pregunta entonces es: ¿Cómo evitarlo? 

Hay una parte de la respuesta que no depende de nosotros. Lo normal en el contexto en el que vivimos, es que a la mayoría de los que leáis este artículo – lamentablemente, no a todos – dentro de unos años, la vida os haya tratado razonablemente bien, no os hayan cruzado con demasiadas personas que os hayan hecho daño; entonces, estos sentimientos quedarán como vivencias aisladas que salpican una historia de vida razonablemente amable, en la que sólo puntualmente hayamos enfrentado este tipo de sentimientos.

Lamentablemente esto no nos vale como respuesta, ya que nos deja a expensas de los acontecimientos. Algunos – esperamos que sea una minoría – van a tener una vida, en la cual se van a cruzar muy frecuentemente con situaciones en las que la agresión, el sufrimiento y las expectativas sobre implicarte o no implicarte, dar la cara o no dar la cara, defenderte o no defenderte, agredir o no agredir, se vuelvan demasiado frecuentes o cotidianas y marque de alguna manera cuál va ser el devenir de tu vida y cómo te vas a construir y sentir tú como persona. Si lo dejamos todo al azar, algunos de vosotros, los que no tengáis tanta suerte, acabaréis acumulando a este nivel, un volumen de desgaste personal tremendamente alto.

Entonces, si no tiramos los dados al aire, ¿cómo evitamos las situaciones complicadas de la vida, para que ni la culpa, ni la rabia, ni ese sentimiento de estupidez, ni la decepción, sean los que se vayan acumulando a lo largo de la vida? 

¿Atacas o Huyes?

Huir puede ser una respuesta válida. Siempre tienes la posibilidad de llenar tu vida de otros jardines que cultivar, experiencias valiosas, vínculos reconfortantes, aspectos de tu experiencia, que básicamente compensen el mal que estás viviendo y acumulando en esta área.

Se supone que cuantas más experiencias valiosas de este tipo puedas acumular, más resistencia tendrás a los golpes de la vida y mayor capacidad, para levantarte rápidamente cuando caigas. Pero, ¿y si son demasiados los ataques a lo largo de la vida?

Todo organismo tiene su límite, llegará un momento de inevitable colapso. Elegir huir, a la larga, te acaba dejando un poso de falta de valía, aumenta el sentimiento de vulnerabilidad y no es raro que acabe derivando en autodesprecio.

¿Por qué no atacar? Al menos, peleando, aunque duela la lucha, sentirás que estás haciendo algo para salir adelante, y puede que ganes algunas batallas. Pero la lucha también cansa, harta, y, en función de la violencia que implique esa lucha, es posible que atacar también te llene de sentimientos destructivos.

Hablemos de resignación. Muchas veces, la resignación es huida o rendición. Las fronteras entre la resignación y la rendición no son fáciles. La verdadera distinción entre estos dos conceptos nace cuando, a pesar de asumir la derrota frente a la agresión, se ponen en marcha acciones para que esta rendición nos dañe lo menos posible. Es un ejercicio sutilmente activo. Este proceso no está exento de grandes tensiones.

Lo podemos observar en las relaciones interpersonales, cuando unidos en una misma lucha, algunos miembros se resignan al fracaso antes que otros. Esto suele generar tensiones y conflictos entre ellos. Del mismo modo, estos conflictos y tensiones se producen internamente, de manera intrapsíquica. Se trata del autocuestionamiento de hasta dónde estaré dispuesto a soportar antes de abandonar la lucha.

Ya podemos ir tomando conciencia de lo difícil que es encontrar un camino mínimamente adecuado, en esta dimensión de la experiencia vital. Responder a la pregunta de hasta dónde vale la pena luchar en la vida es un tema transversal al pensamiento filosófico a lo largo de los siglos.

Fácil de ver en los extremos, tremendamente complejo en los núcleos y en el continuo vital de un individuo. En un próximo artículo abordaré algunas de las claves más significativas para arrojar algo de luz sobre este cuestionamiento. Antes, es preciso tomar conciencia de algunos elementos esenciales.

Acerca del bien y del mal:

Aunque a priori sea difícil comprender la relación, en el fondo el tema que estamos abordando es el famoso tema del bien y del mal. ¿Es el ser humano bueno por naturaleza? ¿Es, por el contrario, malvado? 

La historia de la humanidad nos ha dado sólidos argumentos para defender ambas posturas.

¿Podemos elegir? 

Inevitablemente, según la experiencia vital que acumulemos, será más fácil que nos acerquemos más a una de estas dos posturas.

Si la vida no te ha tratado bien, será más razonable que pienses que el Ser Humano es malo, que debes protegerte, que la desconfianza es una virtud y que lo más importante es ser fuerte. Si por el contrario, has construido una vida llena de jardines, es razonable que consideres que somos buenos por naturaleza.

Tendrás confianza, te abrirás, te entregarás, intentarás perdonar las agresiones, mirarás para otro lado, no fomentarás el conflicto y, si todo va bien, morirás con una sonrisa; si no, te hundirás a mitad de travesía y, probablemente, tu visión sobre la naturaleza humana cambie.

Cuando cambiamos nuestra visión de la naturaleza del ser humano, no es tanto por el cúmulo de experiencias y golpes, sino más bien por la calidad de estos. A veces es necesaria una experiencia ejemplar, para cambiar radicalmente esta visión de la vida, de las personas, e incluso de nosotros mismos.

Aquí nos topamos con una primera afirmación fundamental: los acontecimientos van a determinar nuestro devenir en esta materia. No somos impermeables a nuestra historia, y eso nos obliga a rastrearla, siempre buscando el poso que deja en nosotros.

Entendiendo esto, para responder a la pregunta del bien y el mal, lo primero que debemos rastrear está en nosotros mismos: ¿cómo he sido educado?, ¿qué me ha enseñado la vida?, ¿a qué conclusiones he llegado?

Todos los pensadores que se han dedicado a este tema, no han dejado cabida a la duda de que los individuos como tal, pueden desarrollar conductas muy positivas y negativas. La duda no está en cuanta luz o cuánta sombra puede convivir en un individuo, ya que sabemos, que el bien y el mal coexisten en el interior de todos. Es precisamente por esto, que se hacen la pregunta. Si puedo encontrar tanto lo bueno como lo malo, ¿cuál es la naturaleza de fondo?

Nótese la implicación fundamental que tiene la respuesta a esta pregunta para la Psicología y la Psiquiatría. Si concluyésemos que la naturaleza del ser humano es esencialmente buena, la maldad, entonces, se presenta como una alteración, como una patología, por lo que es susceptible de intervención, tratamiento y cambio. 

A este respecto, parece que una parte de la sociedad occidental ha elegido un posicionamiento frente a esta pregunta. Las cárceles en Europa ya no son fundamentalmente medidas represivas o de castigo, sino que son medidas rehabilitadoras puesto que se comprende que la persona sufre algún tipo de alteración susceptible de ser rehabilitada. 

Si por el contrario asumimos que el ser humano es malo por naturaleza, podemos agradecer a aquellos que han traído la paz superando su naturaleza, o como decía Nietzche: los más débiles, que han sido educados por el poder para que les limpien las botas, mientras ellos siguen dominando el mundo ejerciendo su verdadera naturaleza.

Este es el verdadero problema del cuestionamiento de la naturaleza humana. Por ende, según dónde nos situemos en este paradigma, lo que se deduce, lo que conlleva y lo que acarrea, cambia, y también cambiará como nos manejaremos ante las situaciones de nuestra vida, tanto a nivel social, como particular. 

Acerca de la Libertad

Personalmente, considero que tenemos un gran reto por delante cuando aproximamos el tema del bien y el mal, al tema de la libertad. Científicamente, tenemos serias dificultades cuando hablamos de libertad; todos los avances científicos nos acercan a negarla, a priori, a asumir que el organismo, la vida y, en definitiva, el universo poseen, en esencia, una naturaleza mecanicista.

Son pocos los recovecos de esperanza que nos quedan para validar empíricamente la libertad, para poder demostrar que el individuo puede tomar partido en la construcción de su naturaleza. El principal argumento razonablemente abordable que existe a día de hoy, para defender la libertad como plausible, se encuentra precisamente en la experiencia Humana, en el ejercicio creativo de existir del individuo, en su potencial de toma de partido activo en el cambio de su propia naturaleza.

Si, de este modo, validamos la libertad como plausible, tenemos que entender que poseemos un espacio del código existencial que no está escrito, que está por escribir. Con todas las consecuencias que esto acarrea. Nuestras circunstancias determinan nuestra postura frente a la autodefensa, el bien y el mal, y, además, nadie nos explica cómo afrontarlas. Sin embargo, tomar partido y escribir esta parte del código, está en nuestra mano.

¿Cómo afrontar las cuestiones difíciles de la vida? 

Es probable que no haya una respuesta. Las respuestas adecuadas no son sencillas.

Cada individuo es poseedor de un sistema nervioso diseñado para afrontar su experiencia vital, y esta es la encargada de actualizar el funcionamiento de ese sistema con el paso del tiempo. Tú no tienes que gestionar la vida de otro, tienes que gestionar tu propia vida, tu propia persona, con tus propias limitaciones, con tus propias competencias, y las circunstancias que te va a tocar vivir.

Que no haya una respuesta clara a la naturaleza intrínseca que modulará estas vidas, es precisamente la razón de ser, de eso que llamamos libertad.

Si la hubiera, estaría ya integrada en el código hace ya miles de años, y no sería tan complejo dar una respuesta al tema del bien y del mal.

Desde el punto de vista de la Terapia Existencial, buscamos recuperar estos elementos filosóficos de la naturaleza del ser humano con un fin muy concreto. A diferencia de lo que pueda parecer, no busco encaminar tu proceso terapéutico en una dirección determinada.

Con respecto al tema del bien y del mal, no busco convencerte de que el fondo natural es bueno o malo. Lo que busco que te replantees, es lo siguiente: has llegado aquí por tu historia de vida, por tus errores, por tus éxitos, por tus experiencias. Debes atreverte a darle una vuelta a este complejo tema, porque, a lo mejor, la conclusión a la que has llegado no te vale, o es parte del problema por el que vienes a terapia. Basta con que abras la perspectiva, y flexibilices, aunque llegues finalmente a la misma conclusión.

En ese momento, estaremos ante una estructura psicológica más sana, más madura, más realista, más compleja y más completa; y esto, aumenta las posibilidades de que encuentres cierto sentido a tu vida y, sobre todo, que tus decisiones sean realmente tuyas: que ejercites tu libertad. 

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