Apego y aprendizaje

¿Somos el producto resultante de lo ocurrido durante nuestra infancia?

Si habéis iniciado un acompañamiento psicológico en alguna ocasión, habréis notado que, durante las primeras entrevistas, se suele preguntar acerca de varias áreas de nuestra vida, como la laboral, la social, la familiar, etc.; no sólo del momento en el que nos encontramos, sino de nuestros primeros años de vida y durante nuestra adolescencia. ¿Cuál es el motivo? 

Los profesionales de la psicología, cuando realizamos una evaluación, recopilamos información del pasado para detectar diferentes variables de interés, a través de las cuales inferimos ciertas relaciones de correlación y causalidad. Esto nos permite explicar los fenómenos y dificultades que enfrentamos actualmente.

Una de estas variables es el apego, pero… ¿en qué consiste?

Según Bowlby, uno de los mayores representantes del estudio de este tema, el apego es “una forma de comportamiento que tiene como consecuencia el permanecer junto a otra persona a la que se considera más capacitada para enfrentarse a la vida”.

Las relaciones que mantenemos con nuestras figuras de protección durante la infancia, nos ayudan a desarrollar estrategias para interaccionar con nuestro entorno físico y social. Sin embargo, estas relaciones no se basan simplemente en proximidad, sino en una conexión emocional, a través de la cual el niño se verá capaz de explorar su ambiente.

Dependiendo de la sensibilidad ante las necesidades del bebé y la capacidad de respuesta del adulto, se observan claras diferencias individuales en el comportamiento de los niños, permitiendo diferenciar varios estilos conductuales, definiendo así los tipos de apegos establecidos.

  • En el apego seguro se observan bajos índices de ansiedad y evitación, estableciendo medios constructivos de afrontamiento del estrés. Esto parece estar relacionado con la inversión de energía del adulto en el cuidado del hijo, creando una zona segura en la que el niño puede explorar, sabiendo que sus cuidadores estarán disponibles. Es probable, por tanto, que muestren una amplia gama de comportamientos adaptativos, maximizando el aprendizaje.
  • En el apego inseguro-evitativo, los niños no utilizan a sus progenitores como fuente de protección. Se hipotetiza que esto se produce porque han aprendido que no pueden contar con ellos. Los padres no han presentado voluntad de invertir en sus hijos, por lo que los niños tenderán a evitar su contacto para no sufrir rechazo (esto puede deberse por varios motivos, como la frialdad emocional de los progenitores, la dificultad en la conciliación de horarios, las diferencias entre los estilos parentales, etc.). Los menores entienden que deben valerse por sí mismos, sin confiar en los demás, utilizando un estilo de pensamiento muy racional y pragmático para hacer frente a la incertidumbre y la carencia de afecto. 
  • En el apego ansioso-ambivalente se aprecia una alta afectividad negativa y un rechazo a la separación de sus cuidadores. Esto se debe a que el progenitor se muestra constantemente preocupado y el niño percibe que la exploración es dañina, manteniéndose cerca de su figura de protección incluso en ausencia del peligro. Aprenden que no deben quedarse solos y desarrollan más el aspecto emocional que el cognitivo, predominando el miedo y la ansiedad, indicando baja tolerancia al dolor. Utilizan un afecto exagerado para relacionarse con su entorno, mostrando irascibilidad y sumisión.
  • En algunos estudios, se incluye también la categoría de apego desorganizado, en el que se observa una nula inversión por el cuidado del hijo. La figura de apego es también una fuente de maltrato, provocando que el niño tenga que emplear demasiada energía en defenderse, impidiendo una exploración adaptativa del entorno. En este caso, el niño no da prioridad al desarrollo de la cognición, ni de la emocionalidad. Este tipo de vinculación está fuertemente relacionado con la aparición de psicopatologías, especialmente durante y al final de la adolescencia.

En conclusión

El estudio del apego nos permite conocer el origen de ciertas conductas, pensamientos y estrategias de modulación emocional que aparecen en el momento presente. Gracias a esta información, podemos modificar con mayor facilidad los patrones disfuncionales que producen malestar en el momento actual, logrando, así, un mayor estado de bienestar.

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